palabras privadas

EL SUEÑO




Tengo un sueño
y lo acuno,
lo rechazo,
lo aborrezco.

Tengo un sueño
y lo nombro,
lo interrogo,
lo sopeso.

Tengo un sueño
que una vez
logró mostrarme su perfil
entre las brumas
de mi cálida inocencia.

Un sueño que tornó
mis párpados caídos
en aljibes
ávidos de tiempo.

Un sueño
que me atrapa
y me hace suya,
que sacude mis esperas
con un ímpetu violento.

Un sueño
que no pasa,
que se queda
como quedan
los susurros
cuando ya ha pasado el viento.

Un sueño
que me asusta y me deleita
que temo y que deseo.

Marta Uma Blanco
Pintura: Lord F. Leighton, Flaming June

DULCE SOLSTICIO


Beberé
de la magia de los fuegos
reflejados en tus ojos.

¿Recuerdas?
Solíamos danzar
descalzas,
sudorosas,
conjurando la luz
de un crepúsculo
tardón y perezoso.

Tu pelo se enredaba
con las hojas
que con paciencia de junio
urdió la Madre en tus cabellos.

Y al llegar la noche,
aroma a sal y leña,
reposabas tu cabeza
en mi hombro
y juntas escuchábamos
historias de los labios de La Vieja.

Reencarnando




Te conozco.
No sé cómo te llamas,
pero miré en tus ojos
y reconocí
la mano amiga,
el calor humano del consuelo,
la complicidad de las hermanas.

Ya estuvimos juntas
hace muchos años,
juntas aprendimos el conjuro
para levantar las nieblas
que separan Ambos Mundos.

Y ahora aquí, en la ciudad,
después de tantas vidas,
volvemos a encontrarnos.

Déjame que tome entre mis manos
tu sonrisa tibia
y me abandone a la nostalgia
de otra Era
-en que fuimos Reinas,
en que sólo una palabra nuestra
era suficiente para levantar los vientos-
Déjame que sienta
este secreto,
déjame que calle
con tu silencio el mío



Marta Uma Blanco
Pintura de Dante Gabriel Rosetti, Beloved


Ángel desmedido,
tu aliento me recuerda
que hay un mundo al otro lado.
Pequeño ser
que un día fuiste mi secreto,
en qué materia
habrás trocado el sueño
del amor en mis entrañas.

Marta Uma Blanco

HABLA CIRCE


De nada me sirvió
contarle mil historias
al oído,
arroparle como a un niño,
hacer danzar el viento ante sus ojos.
De nada me sirvió grabar su nombre
en las columnas áureas de palacio.
De nada me sirvió
quererle tanto.
Pues has vencido.
Tú, la mortal,
la de sobras conocida,
la de la larga espera.
Y yo,
La Diosa,
la de la belleza eterna,
la de la sutil palabra,
la de los ojos profundos como lagos,
quedo derrotada,
hincadas mis rodillas
en la arena,
deshaciéndome
en conjuros inservibles y rabiosos,
observando
cómo parte en su navío él,
objeto de mi furia y mi desdicha,
eslabón perdido de mis sueños,
él,
el de la astuta mirada.
Parte…
sin mirar atrás por un momento,
convirtiéndome en despojo,
en absurdo cuento para niños,
en un escollo más
en su regreso a casa.



Marta Uma Blanco
Pintura de W.Waterhouse Circe Invidiosa

Llaman a la puerta
¿Qué hago?
¿Qué le digo?
He oído sus pasos temblorosos,
lo he observado
a través de la mirilla.
No hago ruido.
No estoy.
Lo miro.
Es tan desagradable.
Su gesto es
el de una persona muy cansada.
Tantos años de ignorancia
lo han demonizado.
Espera con paciencia
desde el lugar donde no existe la espera.
Se ha sentado en el felpudo
y contempla la puerta
con actitud de niño rechazado.
Ahora sé que sólo quiere
que lo mire de frente,
que lo reconozca,
que lo compadezca
que huela su perfume
¡pobre Miedo Mío!
Perdóname por haberte odiado tanto.
Ven, no sufras,
te abriré la puerta
y lloraremos abrazados.

Marta Uma Blanco
Pintura: W. Waterhouse, Psique entrando en el jardín de Eros.



Llegan los días lisonjeros,
huérfanos del mar y de las brumas.
Primaveras que se alzan
aunque no lo entiendas.
-Todo sigue,
todo gira
¿Dónde estás, pequeño?-
Tiempos nuevos,
nuevas eras
en las que hemos de jugar
el papel de Reina
enjugándonos las lágrimas,
levantando el rostro,
mordiéndonos los labios
para no gritar
que daríamos la vida
por volver a lo que fuimos:
Princesa sin miedo,
ilusión preñada.

Marta Uma Blanco

Pintura: W.Waterhouse, Ophelia

CORAZÓN

Tú, alborotado,
¿en qué pensabas
cuando descorriste tus velos jaspeados
y te mostraste níveo en campos de batalla?

Que te ha brotado el rojo
tras los proyectiles de la huida,
tras zarpazos de tristeza te ha brotado el rojo.

Marta Uma Blanco

ALFONSINA Y YO (II)

Alfonsina era hija de un matrimonio suizo que, como muchos a finales del siglo XIX, decide emprender un viaje hacia el despegue económico en tierras argentinas. Tras un primer contacto, en 1890, la familia se instala en San Juan, y más tarde en Rosario, donde, alrededor de 1900 establecen su residencia definitiva.
Alfonsina se cría en un hogar marcado por las estrecheces económicas. A medida que los años pasan llega la ruina definitiva de la familia. Y conforme ella va creciendo se agudiza su vergüenza por su fealdad. Dejará sus estudios a la edad de once años para contribuir a la economía familiar, rota en parte debido a la inestabilidad emocional de su padre, que muere en 1906.
Alfonsina comienza a trabajar en una fábrica de gorras y a hacer pequeños papeles teatrales. No abandona su deseo de seguir estudiando y en el año1909 se matricula en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales de Coronda, donde ocupará también el cargo de celadora. Un año después obtiene el título de maestra rural y comienza sus prácticas en la ciudad de Rosario.
Pero la turbulencia sigue dentro. Una escapatoria sea, quizás, el amor. Pero se trata del hombre equivocado, un hombre casado, veinticuatro años mayor que ella y además, persona influyente.
Con apenas veinte años, asume la maternidad y decide marchar a Buenos Aires, emprender la vida de nuevo, ser otra, pero en otro lugar. Una vez allí comienza a escribir “para no morir” y con el niño apunto de nacer ejerce de maestra o de responsable de un centro de acogida para niños disminuidos. Su situación existencial es conflictiva, y su confrontación con las convenciones sociales, abierta: apuesta en verso y en vida por la emancipación de la mujer.
En 1919 se comienza una sección en la revista La Nota y más tarde en el periódico La Nación, en las que escribe sobre las mujeres y sobre el lugar que merecen en la sociedad: «Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; este día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán» (en «Cositas sueltas»). Es habitual que se refiera a la actitud de las mujeres huecas. El poema que sigue habla por sí solo.


La Loba
A la memoria de mi desdichada amiga J.C.P. porque éste fue su verbo.
"Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano".

Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
que yo no pude ser como las otras, casta de buey
con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Yo quiero con mis manos apartar la maleza.

Mirad cómo se rien y cómo me señalan
porque lo digo así: (Las ovejitas balan
porque ven que una loba ha entrado en el corral
y saben que las lobas vienen del matorral).

¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!
¡No temáis a la loba, ella no os hará daño.
Pero tampoco riaís, que sus dientes son finos
y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!

¡No os robará; la loba al pastor, no os inquieteís;
yo sé que alguien lo dijo y vosotros lo creéis
pero sin fundamento, que no sabe robar
esa loba; sus dientes son armas de matar!

Ha entrado en el corral porque sí, porque gusta
de ver cómo al llegar el rebaño se asusta,
y cómo disimula con risas su temor
bosquejando en el gesto un extraño escozor...

Id si acaso podéis frente a la loba
¡Y robadle el cachorro! no vayaís en la boba
conjunción de un rebaño ni llevéis un pastor...
¡Id solas! ¡Fuerza a fuerza oponed el valor!

Ovejitas mostradme los dientes. ¡Qué pequeños!
No podréis, pobrecitas, caminar sin los dueños
por la montaña abrupta, que si el tigre os acecha
no sabréis defenderos, moriréis en la brecha.

Yo soy como la loba. Ando sola y me río
del rebaño. El sustento me lo gano y es mío
donde quiera que sea, que yo tengo una mano
que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

La que pueda seguirme que se venga conmigo,
pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,
la vida, y no temo su arrebato fatal
porque tengo en el mano siempre pronto un puñal.

El hijo y después yo y después... ¡lo que sea!
aquello que me llame más pronto a la pelea.
A veces la ilusión de un capullo de amor
que yo sé malograr antes que se haga flor.

Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada de llano".
Alfonsina Storni


En esta época escribe artículos sobre la opresión, sobre el derecho de la mujer al voto -las leyes argentinas no aprobarán el voto femenino hasta 1946- con un estilo combativo en el que instaba a las mujeres a cambiar su situación rompiendo con los tópicos, los lugates comunes que la sociedad patriarcal esperaba que ellas ocuparan sin rechistar. Estas ideas en la década de los veinte, en Argentina, eran francamente rompedoras y avanzadas.


A partir de aquí el trabajo de Alfonsina gana en calidad y cantidad: publica poesía, dicta conferencias y ejerce de profesora en escuelas públicas, en el colegio Marcos Paz y la Escuela de Niños Débiles del parque Chacabuco y, después, en el Instituto de Teatro Infantil Labardén y la Escuela Normal de Lenguas vivas. En 1926 se le otorga una cátedra en el Conservatorio de Música y Declamación donde imparte clases de Artes Escénicas, al tiempo que por las noches da clases de castellano y aritmética en Escuela de Adultos Bolívar.


Hasta que llega el agotamiento y tanto trabajo le pasa factura. Comienza a descansar, a tomarse períodos de descanso, pero tiene un hijo al que mantener y no puede permitirse estar parada mucho tiempo. En estos momentos es una mujer que se ha hecho a sí misma, una escritora que se ha hecho un hueco en lo más consolidado de la intelectualidad buonarense de su época.


En 1935 se le diagnosticó un cáncer de pecho y tuvo que someterse a una operación en la que perdió su seno derecho. Esto la marcó profundamente. Durante los dos años siguientes su salud empeora y se va desconsolando. Su amigo Horacio Quiroga, con quien tuvo una intensa relación, la hija de este, Eglé y su enemigo literario, Leopoldo Lugones, habían decidido quitarse la vida: Quiroga en 1937, Eglé y Lugones unos meses antes que ella.
Alfonsina creía que el suicidio era una elección concedida por el libre albedrío. En octubre de 1938, se marcha a Mar del Plata, a descansar. Una noche, después de unas horas de intenso dolor, llama a la trabajadora de la pensión donde se hospeda y le dicta una carta para su hijo Alejandro. En la madrugada del 25 de octubre, Alfonsina, con cuarenta y seis años, bajo la lluvia, se arroja al mar desde un espigón dejando como testamento un poema, «Voy a dormir», y la carta de despedida a su hijo.


Voy a dormir
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...

Alfonsina Storni

ALFONSINA Y YO (I)

No es que la poesía de Alfonsina me haga perder la cabeza. No. No soy una de sus acérrimas seguidoras. Esas notas coloristas y rimbombantes modernistas que de joven me llamaban tanto la atención ahora me cansan, me chirrían. Pero Alfonsina no es sólo eso. A partir de Ocre (1925) comienza a perfilarse un nuevo estilo –más desnudo de la retórica rubendariana-, y si indagamos en el contenido de su obra, observaremos que toda ella está marcada por su condición de mujer.
Muchas veces los teóricos de la literatura postulan que la obra literaria se debe estudiar independientemente de la persona que la escriba. Así es el arte ¿no? Ha de hablar por sí solo. Pero esto me parece tan frío… ¿Cómo puede separarse el corazón que late de la tristeza que expresa? A mí me gusta leer y saber qué experiencias movieron a la persona a escribir lo que yo leo. Me gusta conocer al poeta y, volviendo a Alfonsina, su vida, sin ninguna duda, es digna de ser conocida.
Conocí a Alfonsina cuando tenía alrededor de quince años. En la biblioteca de mi padre, entre muchos tomos de poesía encuadernados en piel había uno que, por su variedad de estilos y épocas, era ideal para no colmar la impaciencia de una adolescente. Allí, entre muchos autores, la mayoría varones, apareció esta perla:

CARTA LÍRICA A OTRA MUJER

Vuestro nombre no sé, ni vuestro rostro
conozco yo, y os imagino blanca,
débil como los brotes iniciales,
pequeña, dulce... Ya ni sé... Divina.
En vuestros ojos, placidez de lago
que se abandona al sol y dulcemente

le absorbe su oro mientras todo calla.
Y vuestras manos, finas, como aqueste
dolor, el mío, que se alarga, alarga
y luego se me muere y se concluye
así, como lo veis, en algún verso.
Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca

tenéis un rumoroso colmenero,
si las orejas vuestras son a modo
de pétalos de rosas ahuecados...
Decidme si lloráis humildemente
mirando las estrellas tan lejanas,
y si en las manos tibias se os aduermen
palomas blancas y canarios de oro.
Porque todo eso y más sois, sin duda,

vos, que tenéis al hombre que adoraba
entre las manos dulces; vos, la bella,
que habéis matado, sin saberlo acaso,
toda esperanza en mi... Vos, su criatura,
porque él es todo vuestro: cuerpo y alma
estáis gustando del amor secreto
que guardé silencioso... Dios lo sabe
por qué, que yo no alcanzo a penetrarlo.

Os lo confieso que una vez estuvo
tan cerca de mi brazo, que a extenderlo
acaso mía aquella dicha vuestra
me fuera ahora... ¡Sí!, acaso mía...
Mas, ved, estaba el alma tan gastada,
que el brazo mío no alcanzó a extenderse:
la sed divina, contenida entonces,
me pulió el alma... ¡Y él ha sido vuestro!

¿Comprendéis bien? Ahora, en vuestros brazos
él se adormece y le decís palabras
pequeñas y menudas que semejan
pétalos volanderos y muy blancos.
Acaso un niño rubio vendrá luego
a copiar en los ojos inocentes
los ojos vuestros y los de él,
unidos en un espejo azul y cristalino...
¡Oh, ceñidle la frente: ¡Era tan amplia!
¡Arrancaba tan firme los cabellos
a grandes ondas, que a tenerla cerca,
no hiciera yo otra cosa que ceñirla!

Luego dejad que en vuestras manos vaguen
los labios suyos; él me dijo un día
que nada era tan dulce al alma suya
como besar las femeninas manos...
Y acaso alguna vez, yo, la que anduve
vagando por afuera de la vida
como aquellos filósofos mendigos
que van a las ventanas señoriales
a mirar sin envidia toda fiesta-,
me allegue humildemente a vuestro lado
y con palabras quedas, susurrantes,
os pida vuestras manos un momento,
para besarías yo como él las besa.
-Y al recubrirías lenta, lentamente,

vaya pensando: "Aquí se aposentaron
¿cuánto tiempo sus labios, cuánto tiempo
en las divinas manos que son suyas?
¡Oh qué amargo deleite este deleite
de buscar huellas suyas y seguirlas
sobre las manos vuestras tan sedosas,
tan finas, con sus venas tan azules!
¡Oh, que nada podría (ni ser suya,
ni dominarle el alma, ni tenerlo
rendido aquí a mis pies) recompensarme
este horrible deleite de hacer mío
un inefable, apasionado rastro!
¡ Y allí en vos misma, sí, pues sois barrera,
barrera ardiente, viva, que al tocarla
ya me remueve este cansancio amargo,
este silencio de alma en que me escudo,
este dolor mortal en que me abismo,
esta inmovilidad del sentimiento
que sólo salta bruscamente cuando
nada es posible!
Alfonsina Storni

En mi corazón adolescente –ávido de historias de amor- se perfiló la figura de la dueña de aquella voz. Y la imaginé como más tarde supe que ella se veía. Feúcha, grandota, apagada, depresiva…
Me conmovió y releí sus versos hasta la saciedad, preguntándome por qué motivo en sus palabras no había ni una nota de rencor u odio. Aquella criatura amaba a su rival como quien ama a un espejo porque refleja otra figura.
Alfonsina…
Pasaron años en mi vida, y lecturas, muchas lecturas. Nadie la mencionó en mis estudios literarios, la silenciaron, como si no fuera importante o como si no hubiera existido…y yo casi me olvidé de ella. Aunque la sabía en las librerías y un día compré sus palabras y las llevé a casa. La foto que aparecía en el interior de la antología me dejó pensativa y me impidió comenzar a leer de inmediato. ¿Así que ésa era Alfonsina? La había imaginado parecida, por lo triste, pero la encontraba hermosa, poderosa en su tristeza.
Y la leí. Vaya si la leí. Y cómo cambiaba el tono de su canto. De la remota mujer de la Carta Lírica de mi adolescencia a la mujer de La Loba había un abismo. ¿Qué había vivido aquella mujer? ¿Qué le había pasado? Y mi curiosidad me llevó a indagar, a buscar, a saber quién fue esta persona que poco a poco fue alzando la voz contra las represiones a las que se vio sometida debido al simple hecho de ser mujer.

LA CIUDAD




Ignorábamos que la ciudad
te lame hasta dejarte exhausto,
confundido entre las luces
y el asfalto,
convertido en una mota más,
viandante sin destino,
atento a los colores de los discos
o a la mano que se tiende
demandando una moneda,
los descalzos corazones agrietados,
observando su reflejo en los cristales,
sorprendiéndose ante esa imagen
apenas ya reconocible.


Marta Uma Blanco

SINO


Tal vez sea mi sino
bajar cien veces la escalera
para recoger los restos de mis sueños.
¿Para qué recomponerlos?
¿Para qué tanta molestia?
Mejor será trepar
por esa cuerda floja del dolor
en pueril malabarismo.
Marta Uma Blanco

NIEVE


La niña cogió en las manos aquella bolita de cristal, la giró varias veces y la volvió a poner como al principio. Observó entonces aquellas motas blancas caer delicadamente sobre la ciudad en miniatura.
Sus ojos se abrían expresivamente y sus labios se curvaban en una sonrisa somnolienta. Así debía de ser la nieve, pensó. Le había contado su abuelo, en las reuniones de la plaza subterránea, que cuando él era joven, y el hombre aún vivía sobre la Tierra, el cambio de las estaciones lo marcaba el planeta. La primavera y el otoño eran momentos de transición en las que todos los seres vivos se preparaban para las estaciones fuertes. Pero en unos pocos años, y sin que la gente se hubiera dado cuenta realmente del desastre, la primavera y el otoño fueron desapareciendo sucumbiendo ante la primacía del verano. Los noviembres comenzaron a volverse calurosos y los humanos andaban tan desorientados como los árboles que echaban sus flores a destiempo.
Poco a poco dejaron de verse las grandes nevadas que cubrían la tierra de blanco. Hasta que el invierno dejó de existir para siempre. Y el sol se hizo tan abrasador que el hombre hubo de buscar refugio en las entrañas de la Tierra.
Se asomó a la ventana con la bola en las manos. Suspiró. Estaban a finales de diciembre, y las luces de Navidad invadían las calles de su ciudad subterránea.
Agitó otra vez la bola en sus manos y observó. Sí, se dijo, debió de ser muy hermosa la nieve.
Marta Uma Blanco




Relato finalista en el I Certamen de e-relatos La Cerilla Mágica

EL HACEDOR DE AÑICOS

Era como el viento
pero no tenía alas:
se arrastraba pesaroso
en cada esquina,
con sus sonrisa de lobo,
y siempre me alcanzaba
con aquella mano
escurridiza y triste
recibiendo entre sus palmas mi sorpresa,
mis dudas,
su cansancio,
y lo apretaba todo entre sus dedos,
miserable,
me limaba la esperanza
y la fundía con su sangre.
Y así seguía mi camino,
apoyada en las paredes,
caminando ya sin alma ni motivo.
Víctima, sin más,
Del hacedor de añicos.
Marta Uma Blanco
LLANTO DE ÍCARA CAYENDO

Yo que volaba alta y orgullosa,
sonriente y entusiasta,
sin tener conciencia
de lo frágil
de la cera en mis espaldas.
¡Miradme ahora!

Sonreía
y me acercaba más y más
al sol del mediodía,
ese que puede hacer que caigas.
Pero yo
no sabía que existía la caída,
y de repente,
un calor abrasador
quemó mi espalda,
y las alas
-que tan amorosamente urdió mi madre-
se fueron derramando,
oro líquido,
precio
de aquel vuelo
temerario.

Y ahora caigo, madre,
Caigo…
Urde para mí otras alas
y detén
este proceso
en que acabaré
si nada lo detiene
-una rama, algo a lo que aferrarme-
con los huesos destrozados
mancillada por haber querido volar alta y orgullosa
sin pensar jamás en la caída.
Marta Uma Blanco



Ilustración de José Luis Almeida